*En un ejercicio de honestidad intelectual me resulta necesario explicitar que parte importante de lo expuesto en el presente texto proviene de apuntes de la cátedra  “Temas Políticos de Medio Oriente y África” impartida por el profesor Rodrigo Karmy, gran pensador del mundo árabe de nuestro continente latinoamericano y referente para todxs quienes creemos en la potencia de lo popular.

La cultura de masas y sociedad del espectáculo que alimenta el imaginario occidental constantemente encuentra formas donde escurrirse y superarse a sí misma con dinámicas que muchas veces pasan inadvertidas ante los ojos de “los ciudadanos del mundo”. La ofensiva de los talibanes en Afganistán tras la retirada de las tropas de EE.UU ha fetichizado, nuevamente, la concepción de lo ajeno, de la otredad, en que los medios y RR.SS han sido la punta de lanza para esta nueva ola civilizatoria y orientalista. Gran parte de los análisis provienen desde el marco dado por la Guerra Fría, obviando siglos de desarrollo, como si el Islam previo al conflicto moderno capitalismo v/s socialismo no tuviese historiografía propia.

El Islam surge como una nomocracia, es decir que se encuentra regulada por textos legales en temas morales y religiosos. Hay una moral de corte común que se cierne bajo una raíz tetracultural que, a su vez, opera como un dispositivo de libertad ante el imperio persa y bizantino. Esta disrupción produce que a nivel discursivo este deba presentarse de forma totalmente diferente al cristianismo. Este elige posicionarse como superación al judaísmo,  mientras que el islam confirma a todas las religiones precedentes bajo un discurso ecuménico, el Corán dialoga con la Biblia y la Torah recordando el pacto del hombre con Dios. Esta contraconducta del Islam yace en tomar partido contra la oligarquía de la época, instalar un pasado común e inventar nuevas prácticas restituyendo la cultura profética.

El Islam no tiene sacerdotes, por ende no son sociedades teocráticas, este fenómeno es propio en sociedades sacerdotales. No hay Vaticano, La Meca es solo un lugar de oración. Cuando el Corán se instala como texto sagrado es recién 200 años después de la muerte del profeta Mahoma, siendo un texto que revela la palabra de dios sin la necesidad de un intermediario. En el cristianismo el apóstol habla sobre el pasado tomando el control del relato vía rol de intermediario, narra vivencias observadas o contadas. En cambio el profeta habla del futuro en tercera persona, no en sí mismo, porque es la palabra de Dios. El apostolado inventa la institución sacerdotal, mientras que el profeta impugna el orden establecido de las cosas.

El Corán asume una sentencia en su escritura que es ser guiado por leyes morales, no hay más dios que dios (Fawhid). Es así que Islam nunca tuvo una doctrina de Estado, este mediante el discurso creado por filósofos políticos árabes se adaptó a instituciones mundanas, pero erigiendo una doctrina de virtudes y no de concepciones estatales.

La ruptura del Islam clásico con el Islam moderno se da bajo normas de conducción ética tras la desintegración del Imperio Turco Otomano y el fin de la Primera Guerra Mundial. Usando las palabras de Hobsbawm, así es que finaliza el siglo largo (XIX) e inicia el siglo corto (XX), existiendo un reajuste de los rendimientos geopolíticos y geoeconómico de las potencias ganadoras y perdedoras como fruto del conflicto.

El imperio turco otomano existió 600 años, siendo sus últimos dos siglos de existencia una disgregación urdida. Lo angular de este proceso fue la invención de instancias que permitiesen el sosiego de sus comunidades interiores, los Millet. Estas fueron comunidades de fe con autonomía jurídica y política que contribuyeron a respetar el carácter del vínculo, los cálculos políticos del Sultán fueron asertivos en cuanto a no homogeneizar el imperio. De todas formas existían tributos que debían ser cancelados como forma de costo de esa libertad. En el siglo XIX el imperio es intimidado sistemáticamente por Occidente, el eje franco-británico por un lado y por el otro la Rusia Zarista. Así es que bajo promesas de independencia a los árabes inmersos en el imperio turco por parte de Occidente, comienzan revueltas internas y el imperio llega a su fin.

La distribución de este nuevo territorio quedó de la siguiente manera tras el acuerdo de Sykes-Piccot (nombre dado según los apellidos de los cancilleres de Inglaterra y Francia). Inglaterra toma posesión de Palestina, Irak y Egipto, mientras que Francia se apropia del Líbano y Siria. El tratado traza la cartografía árabe moderna, condicionando toda su trayectoria hasta el día de hoy. Al revisar Medio Oriente en un mapa se puede apreciar claramente que las fronteras de los Estados árabes parecen trazados con escuadra, no es casual. La ratificación de este tratado decanta en una indignación entre los nacionalismos árabes, haciendo que las potencias occidentales establezcan sus dominios a través de mandatos, forma colonial de dominio a través de la moneda y el ejército.

Lo constitutivo del orden político actual del mundo árabe está totalmente condicionado por el tratado de Sykes-Piccot. Al homogeneizar territorios en una forma estatal se trastoca el modo de vinculación del Millet, produciendo conflictos étnicos en su interior cuando un Millet captura el Estado y destruye a los demás para perpetuar su hegemonía en el poder. Cuando observamos periodistas y analistas internacionales utilizando la ecuación sunitas v/s chiitas para explicar toda base de los últimos conflictos, están recién en la punta del iceberg. Sólo en el horizonte moderno las etnias se politizan en la disputa por el aparato estatal, deviniendo en un discurso orientalista que sustancializa al Islam en un conflicto teleológico (sin fin).

La modernidad forzada en el mundo árabe politiza la vida,  esta sustenta el conflicto que ya lleva décadas de acoples y desacoples según las fluctuaciones – y necesidades – del capital financiero transnacional. El reemplazo de la nación por el Millet inaugura una nueva fase en que la comunidad transita hacia una ciudadanización, homogeneizando lo que el Millet pluralizaba.

La Guerra Fría es una jugada más en un tablero de ajedrez que lleva siglos de duración, donde las explicaciones orientalistas al contexto actual de esta zona abundan, fetichizando las explicaciones del conflicto religioso y obviando tendencias de desarrollo anteriores a la misma modernidad occidental. Al referirme a fetichizarla no quiero decir que no deban ser consideradas como una variable más para analizar  “el teatro de operaciones” de Medio Oriente, sino que no es LA EXPLICACIÓN de lo actual. Es necesaria, pero claramente, insuficiente.

Como cientista social veo con mucha ambivalencia lo ocurrido en los últimos días con la explosión de post y horas y horas de noticieros, la necropolítica por excelencia se está apoderando cada día más de nuestros espacios virtuales y físicos. El big data, la minería de datos y otras técnicas  de modelaje hacen al mundo de hoy mucho más vulnerable a la manipulación mediática de la agenda setting, los medios no invitan a la gente qué pensar sobre determinada temática, si no sobre qué temas pensar. Más allá de visibilizar, que nunca está demás, hay que ser más vigorosxs y reflexivxs, antes de dejarnos llevar por la maquina propagandística del cuarto poder.

Cristóbal Cantellano

Cientista Político

Asociación GeoEduca